Todo comenzó como un momento incómodo en la Kiss Cam de un concierto de Coldplay en Boston. Chris Martin bromeó sobre una pareja que no quiso besarse… y las redes hicieron el resto. Días después, el video viral reveló que se trataba de Andy Byron, CEO de Astronomer, y Kristin Cabot, directora de Recursos Humanos. Ambos están casados, pero no entre ellos.
La historia dio la vuelta al mundo como chisme de infidelidad, pero más allá de los memes y la morbosidad colectiva, vale la pena hacerse una pregunta más seria: ¿qué pasa con los hijos?
Hoy es cada vez más común ver a padres y madres con dobles vidas. Muchos piensan que mientras los niños no sepan, no hay daño. Pero sí lo hay. Los hijos sienten, observan, intuyen. Y cuando la verdad estalla —porque siempre lo hace—, la estabilidad emocional se desmorona.
Crecer sobre una base de mentiras deja marcas: inseguridad, confusión, dificultad para confiar. Enseña que el amor puede incluir el engaño y que es mejor fingir que hablar con honestidad.
Nadie exige perfección, pero sí coherencia. La infidelidad no solo rompe relaciones de pareja; también hiere a quienes no eligieron estar en medio: los hijos. Tal vez Coldplay fue solo el escenario, pero el verdadero drama se vive en silencio… y en casa.
Porque más vale una verdad dolorosa que una mentira sostenida por años. Y quienes más sufren no siempre son los que traicionan, sino los que crecen en medio de las consecuencias.
