El Paso, Texas.— Nadie pidió morir. Nadie. Xavier, con la voz quebrada, pidió ayuda, pidió llamar al 911. Los policías, sin compasión, le respondieron con electricidad, presión física, silencio y violencia. Un protocolo absurdo que se convirtió en sentencia de muerte.
Expertos lo han repetido: contener boca abajo sin girar al sujeto hacia un costado es una muerte anunciada. El uso prolongado del táser —que prohíben sus propios manuales tras 15 segundos— puede alterar el ritmo cardíaco y hasta inducir un paro. ¿Se ignoraron estas alarmas? ¿Qué entrenamiento —si es que hubo— permitió esa maniobra?
Más de mil personas han muerto por “fuerza no letal” mal empleada. Casos como el de Fernando Rodríguez, con un desenlace idéntico, reflejan una falla sistémica, no un error individual.
El PERF ya dejó las guías sobre la mesa: protocolos de desescalada, atención médica conjunta y prohibición expresa del uso continuo del táser o de sujeción mortal. Pero son recomendaciones sin dientes si no hay entrenamiento efectivo ni control institucional.
Lo que exige la sociedad —y exige la justicia:
- Que se apliquen sanciones reales y penales, no evasivas legales.
- Que la formación policial no sea una mera formalidad: debe incluir salud mental, protocolos de contención seguros, y coordinación con servicios de emergencia.
- Que cada vida —especialmente bajo crisis— sea atendida con humanidad, no con violencia justificada.




